A. Darío Lara

En la presentación del libro “Este otro Montalvo”, de Claude Lara Brozzesi , escribí:¬ «por un lamentable descuido en la impresión del Tomo II (de mi obra «Juan Montalvo en París»), se suprimieron ocho artículos del original, se modificaron fechas y títulos, etc., por lo que, en varias ocasiones, reclamé a los responsables y pedí que se rehiciera este tomo II, de acuerdo con mis originales» (pág. XV).

Entre los artículos suprimidos estaba el célebre de Juan Montalvo «El Terremoto de la Lengua Castellana», publicado en la revista parisiense EUROPA Y AMERICA (No. 156, de 15 de junio de 1887, y que se puede leer en «Este otro Montalvo» (páginas 342-347). Hoy, pasados muchos años, cuando me ocupaba de tales estudios, al revisar mis archivos veo que lamentablemente no se publicó otro artículo (tal vez desconocido hasta hoy), y que si bien no es de Juan Montalvo, en cambio es altamente honroso para nuestro Cosmopolita.

En el No. 77 de la mencionada revista de París y con fecha de 1 de Marzo de 1884, como editorial de dicho número se lee el artículo «EL UNICO CARGO FUNDADO DE LOS QUE SE LE HAN HECHO AL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR», en el que el nombre de Juan Montalvo viene seis veces y «escritores franceses, italianos y españoles lo han dicho, Don Juan Montalvo escribe como filósofo».

Por lo tanto, creo será de interés para los lectores de Juan Montalvo y me es grato remitir adjunto una copia del número mencionado de la revista EUROPA Y AMERICA.
f). A. Darío Lara
Le Chêne-aux-Dames, 3.XI.2004

EL UNICO CARGO FUNDADO DE LOS QUE SE LE HAN HECHO AL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR.

Como todo hombre que se levanta sobre sus contemporáneos, Bolívar ha tenido muchos enemigos y detractores: el tiempo ha escarmenado, digamos así, los acontecimientos pasados, y la mano de la historia ha puesto en orden el confuso montón de hechos y cosas de esa época verdaderamente notable del Nuevo Mundo.

Los proyectos de monarquía personal atribuidos al libertador de Colombia y el Perú; las muertes aleves y ocultas que algunos ingratos le han achacado con negra temeridad; la tiranía, la ambición desenfrenada, todo ha caído en la opinión de las presentes generaciones, y vemos ahora resplandecer ese hombre inmortal en medio de las virtudes de los héroes, que son las grandes, esas con que se destruyen enemigos invencibles y se fundan pueblos soberanos. Mas el eterno flaco de la especie humana le alcanzó como a todos; ni le era dado desmentir esta verdad, triste pero indefectible, que caracteriza al mundo: No hay cosa ni hombre perfecto bajo el sol. Hombre, soy, dijo ya un hombre justo; y como tal, no puedo estar exento de sus imperfecciones. Proponerse hacer de Bolívar el hombre perfecto que no ha existido ni existirá jamás sin quebrantamiento de las leyes de nuestra naturaleza, es vano empeño, o necedad que indica ausencia de sabiduría. Y el que habla así, a troche moche, dando hocicadas en la historia y poniendo a un lado lo que no conviene a su propósito, ¿qué es sino mal operario indigno del augusto gremio de los que trabajan por la luz y la verdad? En un periódico de Sud-América hemos visto desmentido con increíble grosería un cargo que Don Juan Montalvo ha dirigido a Bolívar en su tratado de «Los héroes de la emancipación»; y es el único que le ha dirigido no de su propia invención, como dice el autor del artículo que nos ha escandalizado, sino tomando de la historia sucesos constantes y notorios. En el paralelo de Washington y Bolívar dice don Juan que Washington rehusó el tercer período de la presidencia de los Estados Unidos, y que Bolívar, en Colombia, aceptó el poder que por tercera vez, y ésta de fuente impura, vino a molestar su espíritu. «De dónde ha sacado esto Montalvo? Pregunta uno por ahí: o no ha leído la historia, o no la ha comprendido». Un periodista de marca menor, pudo decir esto, un escritor de nombre conocido y respetable, no lo hubiera dicho; pues nadie supone que es patrimonio personal una hacienda común, cual es la historia. De ella ha sacado Montalvo eso, como sacamos nosotros mismos, y como sacarán todos los que tienen la ventaja de haberla leído y la suerte de comprenderla. A más de la dictadura asumida por Bolívar en 1828, que fue un verdadero tercer período de su mando, los sucesos de 1830, origen y fuente de los cargos más graves que se le han hecho, están probando la aserción de Don Juan Montalvo. La elección de Don Joaquín Mosquera, verificada por el Congreso de Colombia bajo el imperio de las leyes, fue reconocida por Bolívar, quien se retiró como simple ciudadano a Cartagena, de paso para Europa. Bolívar no tuvo conocimiento, es verdad, de la inicua revolución que estaban tramando sus partidarios Jiménez y Briceño; pero, «cuando llegó hasta su retiro la noticia del escandaloso suceso del Santuario», aceptó la revolución y el mando militar que le ofrecieron los insurrectos, a pesar de que su nombre no debía estar unido a la infamia de ese crimen, según las palabras de los historiadores Baralt y Díaz. Un crimen infame no puede sino ser fuente impura de un poder que no correspondía ni al patriotismo, ni a la magnanimidad, ni a la nobleza de hombre como Bolívar. En esta ocasión, como en 1828, lo que debió haber hecho fue, «celoso defensor y fiel custodio de las instituciones, darles vigor, ora con su ascendiente, ora, si fuese necesario, fulminando su espada redentora contra los rebeldes ». La proclama de Bolívar del 18 de septiembre, que ha sido la eterna tristeza y amargura de sus amigos y admiradores: la proclama del 18 de septiembre, que consta como funesto, pero inevitable documento en todos los libros y papeles relativos a esa época de Colombia; esa proclama es la que, no sabemos si con valor de gigante o de pigmeo, ha negado el periodista de cuyo nombre no debemos acordarnos; y para empresa como ésta de negar lo palmario, dice que «no teme a gigantes ni a pigmeos». Sea en hora buena; pero ese valor no tiene la virtud de borrar los hechos, ni de hacer que nosotros tampoco hayamos leído y entendido la historia.

Como prueba de que la insurrección contra el Gobierno legítimo de Mosquera fue popular, recuerda el valeroso escritor que fue obra de un sólo batallón. Efectivamente, el general Florencio Jiménez, jefe de «El Callao», dio en Tunja el grito de desobediencia y se vino contra el Gobierno. Los ciudadanos de Bogotá, grandes y pequeños, viejos y niños, armados en volandas, le salieron al encuentro, y en el campo del Santuario, con torrentes de sangre preciosa, y con miles de cabezas caídas de sus hombres, firmaron la popularidad de la revolución de Florencio Jiménez. «Venció, es verdad, dice un historiador ilustre, porque su tropa era aguerrida y diestra en los ejercicios militares; pero su triunfo, obtenido contra gente bisoña que armó de prisa el patriotismo, hará siempre el oprobio de su memoria, dando mayor realce a la de los buenos ciudadanos que lidiaron y murieron por la libertad y las leyes». Vea el escritorcito que no teme a gigantes, de donde Don Juan Montalvo ha sacado eso de la fuente impura.

Ahora veamos si la infracción de las leyes, la tiranía, el desfalco, los vicios y la corrupción del presidente Mosquera y su Gobierno habían puesto en manos de Florencio Jiménez la espada de la libertad. «Era Don Joaquín, dice la historia, rico propietario, varón de gran saber, doctrina y probidad; justo y patriota. Poseía grandes dotes de orador, a los que daba realce la compostura y natural gallardía de su persona; y tan aventajado en las prendas morales, que pertenecía al corto número de hombres que hubieran podido conservar la unión del Estado, si la virtud bastara para conseguirlo».

Contra Gobierno representado por hombre como éste, Gobierno legal y de buen origen, no hay derecho de insurrección.

A Florencio Jiménez siguió Justo Briseño: y éste, no contento con proclamar a Bolívar generalísimo, le proclamó también jefe supremo de la República, en actas que Baralt y Díaz, compatriotas y partidarios de Bolívar, llaman «ridículas farsas y maquinaciones de los perturbadores». Bolívar, que había aceptado el mando militar, se prestó asimismo a aceptar la plenitud de los poderes; y en su contestación a los comisionados de poner en su conocimiento el acta de 22 de septiembre, dijo sólo que él no echaba de ver aquella mayoría de votos, necesaria para legitimar acto semejante. Acto semejante… Bolívar mismo lo estaba calificando de inicuo; más pensó que podía legitimarlo con la mayoría de votos, y ofreció que serviría «como ciudadano y soldado». Una revolución triunfante siempre tiene mayoría de votos, porque los perdidos no tienen voto, y porque la lanza y la espada tienen derecho de amontonarlos en las urnas.

Este error de Bolívar, reconocido enseguida por él mismo, precipitó su muerte: llenóse de sombras su alma, «se conturbó su espíritu», su corazón se ahogó en inmenso dolor, y ésta, junto con las otras causas que todos saben, lo llevó a la tumba. Lo único que dicen los historiadores en su abono es, que fue engañado, y, en cierto modo, forzado; y que su proclama de 18 de septiembre fue arrancada a un hombre abatido por mil quebrantos y pesadumbres, quien ya no se hallaba al corriente de las cosas. Pero nadie ha negado jamás que hubiese aceptado el mando que por tercera vez, y ésta de fuente impura, vino a molestar su espíritu. La voluntad forzada es voluntad: se está tratando de un hecho, y el derecho le da horrible fuerza en este caso. Si los aduladores de Bolívar y los bribones que querían pescar a río revuelto le hubieran dejado verificar su viaje a Europa, esa patriótica y noble emigración le hubiera salvado de esta falta. Ruin propósito, nunca hubo en el Libertador; decadencia, abatimiento de espíritu por mil causas, esto es lo que hubo. Con la muerte de Sócrates volvió a subir el escalón que había descendido, y sus compatriotas y el mundo no ven sino el libertador y el grande hombre en ese hijo de la guerra. En cuanto a Don Juan Montalvo, éste escribe como filósofo y no como sectario: escritores franceses, italianos y españoles lo han dicho. Si Bolívar necesita contra él de tristes leguleyos, los que a su vez juzgan como filósofos no lo piensan así.

Un escritor francés sostiene que quizá no se ha trazado hasta ahora en lengua española figura más sorprendente que la que está campeando en «Los héroes de la emancipación»; y un célebre periódico de París afirma que Montalvo ha resucitado a Bolívar. Rasgo verdaderamente incomparable, llama un notabilísimo escritor español al trozo de «Los héroes». Y lo que la patria de Bolívar, la ilustre Venezuela, ha premiado en el acto con El Busto del Libertador, no despierta sino el odio y la injuria en uno que está lejos de ser útil a la memoria de Bolívar.

Restablecemos los hechos; que lo demás no nos da cuidado.

Fuente:

“https://afese.com/img/revistas/revista42/montalvo.pdf

“http://www.revistaafese.org/ojsAfese/index.php/afese/article/view/755

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